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EXÁMENES O AUSENCIA
DE TEMPERATURA MORAL
Artículo de Jose Luis Idoate Iribarren Texto completo en pdf
El poder busca desesperadamente exámenes. La inmoralidad deambula embriagada de pasado. No integración. Segregación. Quien vale, vale, y el que no, a pellizcar cristales, que ya está bien de aguantar pobres y tontos. Se acabaron las bromas. La verdad siempre ha sido veraz. Vagos y maleantes a galeras. Aquí mando yo y mi aureola.
Leo con interés a un maestro que dice que sus alumnos de segundo de ESO no pasarían sus exámenes de octavo de EGB. Y pienso que es como no decir nada. Menudo sofisma. Hubiera sido revelador colocarles a sus alumnos y alumnas de octavo un procesador de textos por sorpresa. El resultado sería lamentable. No se pueden trasladar saberes en la dicotomía del tiempo. Es mentira o ausencia de temperatura moral. Más bien parece una inmoralidad. Comparar los jóvenes de hoy con los de ayer. Una obscenidad.
Le aconsejo que pida perdón. Perdón a los y las jóvenes que integran lo propio. Perdón a quienes tratan enseñar a ser crítico con la avalancha de estímulos televisivos y a mantenerse vivos ante todas las injurias mediáticas. A quienes ven ilegalizadas sus aspiraciones. Perdón a quienes no tienen espacios de juego o de creatividad. Perdón a sus compañeros y compañeras de trabajo. O recibirá un soberbio, oportuno y merecido correctivo.
Le recuerdo que son gente procedente de la EGB quienes propician que el perro haga sus mierdas en plena calle. Quienes queman nuestros bosques, destrozan nuestro patrimonio, quienes masacran la rana bermeja, son, en su mayoría, personas que cursaron la EGB con maestros como usted. Por cierto, podía pedirle perdón a su propio corazón pues no ha sabido enseñar a su alumnado de ahora lo bien que vivirían hace diez o veinte años. Y a su alumnado de ayer lo bien que vivirían hoy. Es urgente.
Hablemos de responsabilidades. Es una irresponsabilidad hablar peyorativamente en público de sus propios alumnos y alumnas. Es vil y desafortunado publicar semejantes acusaciones. Sobre todo si complica a la escuela en todo el desastre sabiendo del cambio acelerado de la realidad y de lo relativo de todos nuestros saberes. Como si la escuela fuera la responsable de todo lo que pasa. Se concede usted demasiada importancia.
Estoy seguro de que no pasaría usted un examen de confección de dólmenes. Ni de habilidades sociales en el Paseo de los Enamorados años cuarenta. Ni de rituales en el mercado caballar de Tafalla o Pamplona. Ni de latín. Es natural, es de otro tiempo.
A los tiempos pasados, como a los futuros, no hay acceso posible ni deseable, porque la urgencia es integrar lo actual. Y lo actual malamente podemos integrarlo las personas adultas. Y, vayamos a ser sinceros, y reconozcamos que tenemos serias dificultades en integrar el mundo que los jóvenes viven hoy, que al fin y al cabo es tan real como el nuestro, solo que tiene mejor pronóstico. Poco o nada podemos aportar. Somos inmigrantes de otro tiempo, aunque algunos sean nostálgicos. Nuestros jóvenes lo integran, lo dinamizan, lo hacen suyo y generan nuevas formas de vida. Lo que para usted o yo es tajantemente blanco se torna difuso, gris, a veces negro, a los ojos de la joven que tiene que aguantar cómo se le insulta en público después de haber acudido a su escuela, sin ausencias, durante trece años y otros dos de propina.
¿Qué pintan las reválidas en este contexto? ¿Son sustitutorias de Servicio Militar Obligatorio? Mucha nostalgia es lo que hay. Despiadados exámenes obligatorios para poder llegar a ser los seres corrompidos que nos gobiernan. Para llegar a ser los usureros banqueros que nos estrangulan. Para mandar. Para ser ricos. No puede haber insumisión. El triunfo está en la universidad. La escoria no pasa la reválida. Lumpen. Chatarra.
Hay una abrumadora ausencia de temperatura moral. Ni gélida ni rusiente, ni templada, ni tibia. No hay temperatura. Desprecio a lo real. Bochorno gástrico. No parece que las vísceras puedan armonizar con la pestilencia oficial.
Y en esta misma línea llegan las oposiciones. Exámenes discrecionales. Es ridículo y hasta patético que profesionales adultos, eficaces y coherentes con los proyectos de centro tengan que pasar por la humillación de un examen memorístico que será a su vez valorado por mentes eminentemente subjetivas. El trabajo diario, lo único objetivable de todas estas miserias, es lo que menos cuenta.
Volveremos a la selección. Quienes mejor hagan el examen serán acogidos en el seno del Departamento. Lo de mejor o peor lo dictaminará un tribunal que, por el mero hecho de serlo, es más sabio que cualquier opositor. Quienes han dejado sus huesos en las aulas serán juzgados en igualdad para que no haya mosqueos. Quienes han sacado adelante las insostenibles aulas de improbables ratios, tendrán que repetir como magnetofones la lección oficial y secreta que el tribunal ha diseñado. Si no lo hacen morirán en el intento. La decisión será inapelable. Quien vale, vale, y quien no, nos hace el trabajo sucio.
Tiene gracia, en Enseñanza nadie trabaja de memoria.
Que no somos tontos y sabemos quiénes están en las masivas aulas de tres años, las UCAs, las ocho, nueve o diez asignaturas distintas. La veteranía es un grado y los marrones para el nuevo.
Escasez de sensibilidad. El poder, con sus exámenes, volverá a poner las cosas en su sitio. El mundo es de los ociosos empollones. Nunca le ha interesado al poder cómo se trabaja, lo que le importa es establecer clases, categorías, jerarquías, castas. La dignidad humana pasó a la historia. La LOGSE también porque era mentira.
Reválidas, exámenes, oposiciones son la misma mierda con distintos perfumes.
Me recuesto en la cama y miro hacia el libro que me toca vivir. Nunca me lo aprenderé de memoria. Perdería el gozo del abrazo nocturno. Temperatura moral.
30-Sep-2002